miércoles, 22 de junio de 2011

Pues todo sigue igual...

Podré cumplir años y hacerme mayor, podré aprender a la perfección la técnica para pasar las vallas, podré sacar sobresaliente en matemáticas (como tiempo atrás...), podré trabajar de lo que quiero, podré vivir en la dulce Finlandia, podré hablar siete idiomas, y ocho si me lo propongo... Podré hacer muchas cosas, pero lo que nunca acabo de aprender, es a caer y levantarme. No, perdón... Me caigo, me levanto y tropiezo, dos, tres, cuatro veces en la misma piedra. No sé como lo haces, pero te juro que lo he intentado todo, todo...
"Hola, me llamo Elisa García y estoy reincidiendo en el mismo error de hace cinco meses".

domingo, 19 de junio de 2011

Cuestión de horas.

Tenía que escribir horas previas a mi cumpleaños. Si lo pienso fríamente, es un día más, porque no se manifiesta físicamente el cumplir años. Pero es genial, si por mi fuera, cumpliría años todos los días de mi vida (eso lo digo ahora, cuando llegue a los treinta...). Pero lo mejor de todo, son ellos. La gente que siempre me regala una sonrisa, mañana me regalará una sonrisa y 15 tirones de oreja. Lo son todo para mí, y no quiero ni pensar lo que haría sin ellos.
PD. Estoy nerviosa, quinces, temblad, ¡que allá voy!

lunes, 13 de junio de 2011

Simplemente no quiero que tengamos final.

10 días. Hace que nos volvimos a ver por segunda vez eso, 10 días. Llevaba (llevábamos, creo) unos días tensos, con mucha presión encima y necesitaba desconectar. Y no pudo haber mejor regalo de cumpleaños adelantado que un fin de semana de motos en la mejor compañía, la de Lorena Sánchez Lorenzo, mi bicha, mi todo.
De verdad que ya no sé como agradecerte tanto, lo que haces por mí, lo que me das, todo. Quería darte las gracias, por hacerme olvidar durante 72 horas todo, por hacerme sonreír 4320 minutos seguidos, por estar a mi lado 25900 segundos. Que no imaginas lo importante que eres para mí y lo que necesito cada uno de esos abrazos espontáneos, y los besos sin motivo, y las miradas de reojo, mucho, más que el vivir.
También, que no creo en la distancia, nuestra fuerza puede con todos los kilómetros que no separan, con esos y con más. Sé que soy pesada repitiéndote siempre lo mismo, pero no soy capaz de olvidar aquello que me dijiste de "la distancia más corta entre dos personas es la sonrisa". Aunque me apetezca llorar, encerrarme en mi habitación y no salir, no dudes que sonreiré hasta en los peores momentos, por ti, por nosotras.
Que difícil va a ser olvidar ver como te ibas en el autobús destino Valencia, y yo tenía que verlo, mientras esperaba irme a Oviedo. Tenía ganas de llegar a casa y abrazar a mi familia, pero de lo que más ganas tenía aún era de quedarme allí, irme contigo al fin del mundo si hiciera falta. Te confieso que no he podido aguantar las lágrimas, mientras te ibas y leía la libreta, esa que guardo con tanto cariño y se irá conmigo a la tumba. Pero sonrío, recuerdo lo vivido y lo que nos queda por vivir. Porque por muchas veces que nos volvamos a ver, no pienso despedirme de ti ni una vez (realmente, ninguna de las dos veces anteriores lo he hecho), porque no me gustan, y porque no creo en ellas. Tan solo espero volver a verte, y que me llenes de fuerzas de nuevo para seguir, a tu lado, para siempre

domingo, 8 de mayo de 2011

Livestrong.

Armstrong tuvo algo más duro, más largo y más sacrificado que ganar los 7 Tours de Francia.
"Hacia el final del campamento decidimos subir a Beech Mountain. Chris [Carmichael] sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando me lo sugirió, porque hubo una época en que yo dominaba aquella montaña. Era una subida agotadora de más de 1.500 metros hasta la cima nevada que había supuesto la etapa decisiva en mis dos victorias en el Tour Du Pont. Recordaba cómo subía, esforzándome ladera arriba, con la gente alineada junto a la carretera, y cómo pintaban mi nombre en el asfalto: "¡Ánimo Armstrong!" (...)
Corrimos y corrimos bajo la lluvia constante durante cuatro horas, y luego otra más. Cuando llegamos al pie de la montaña ya llevaba seis horas sentado en la bici pero, levantándome sobre los pedales, empecé a atacar la subida con fuerza. En ese momento, mientras empezaba a subir, vi algo emocionante: el asfalto aún tenía mi nombre pintado (...) La pendiente se hizo cada vez más abrupta. Golpeé con fuerza los pedales y sentí satisfecho que empezaba a sudar (...)
Aquel ascenso activó algo en mi interior. Mientras pedaleaba, reflexioné a fondo sobre mi vida: mi infancia, mis primeras carreras, mi enfermedad y cómo ésta me cambió. Quizá fuera aquel primitivo acto de escalar el que me hizo enfrentarme a las cuestiones que llevaba semanas eludiendo. Me di cuenta de que ya era hora de dejar de aminorar. "Muévete", me dije. "Si puedes moverte es que no estás enfermo".
Volví a contemplar el suelo que se deslizaba bajo mis pies, el agua que salía despedida de las ruedas y los radios que giraban. Vi más letras pintadas, deslucidas ya, y mi nombre medio borrado: "Adelante, Armstrong". Mientras seguía pendiente arriba, vi mi vida como un todo: vi su estructura y el privilegio que suponía vivirla, y también su propósito. Y se trataba meramente de esto: yo estaba destinado a una escalada larga y dura".